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jueves, 24 de mayo de 2018

Dorothy Parker


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       Dorothy Parker (West End, 1893 - Nueva York, 1967) relata el lado oscuro de los felices años veinte y del feminismo en Una rubia imponente (1929), una novela breve que fue publicada en 1929 por el Bookman Magazine, y considerado como uno de los relatos más emocionantes y perfectos de la literatura norteamericana del siglo XX. Recibió, ese mismo año, el prestigioso premio O´Henry.



La novela
       Hazel Morse, retratada como una mujer independiente, se acostumbra pronto a vivir de los reiterados amantes que pasaban por su cama, así como a sumergirse  en el mundo del alcohol para, de alguna manera, buscar una escapatoria a su tristeza. Un progresivo deterioro personal le hará preguntarse cómo sobrevive, acostumbrada, eso sí, a conseguir lo que quiere fácilmente, y muy pronto verá que si no cambia de actitud su futuro se convertirá en toda una serie de acontecimientos repetitivos, condenándola a la destrucción personal.

       En la primera parte se relata la descomposición de un matrimonio que nunca funcionó; y en la segunda la descomposición de la protagonista, cuando de un amante a otro, de una juerga a otra y de un bar a otro, se siente hastiada de una vida sin futuro y sin alicientes; será entonces cuando decida poner fin a su vida con una elevada dosis de somníferos que no llegan a hacer el efecto planeado gracias a su criada negra.

       Según la biografía de la narradora, como la protagonista, Dorothy Parker intentó suicidarse en, al menos, dos ocasiones. El póker, el wiskey, sus amistades, eran algo que se repetía de continuo hasta la exageración, y la narradora lo describe a la perfección, de manera fría, incluso distante, pero siempre con un tono de ironía que hace que la protagonista caiga simpática y sea querida por el lector. 



       Una rubia imponente, es una obra intemporal, de amena lectura que guarda cierta similitud de ambiente con la obra y el mundo de Francis Scott Fitzgerald, aunque Dorothy Parker se muestra más hiriente y oscura en sus planteamientos que Fitzgerald, y coinciden en una magnífica descripción de los años felices de entreguerras, de la posterior depresión y de esa que época oscureció de repente toda la sociedad; primero con la crisis de la bolsa del 29, y después con la Segunda Guerra Mundial. También pude verse como un relato ácido y descarnado de la trayectoria vital de una mujer que, como el título original, es una big blonde: todo un tipazo o una chica de vida alegre, según dicen otros. En ocasiones, también es verdad que el relato desprende amargura y tristeza.


La autora/ ilustradora

       La escritora, nacida en New Jersey, siempre se sintió neoyorkina, y así refleja la vida de la ciudad de una forma magnífica y colorista, un curioso color de New York que ha sabido captar con su luz Elisa Arguilé (Zaragoza, 1972), la ilustradora aragonesa, para Círculo de Lectores/ Nórdica. Una artista que en 2007 obtuvo el Premio Nacional de ilustración por su trabajo en el libro Mi familia, con texto de Daniel Nesquens, y en 2008 el Premio Junceda Iberia por las ilustraciones de Puré de guisantes, también con texto de Nesquens.

       Dorothy Parker, versátil y brillante, como reza en su biografía, escribió artículos para Vogue, Vanity Fair y The New Yorker. Durante la Guerra Civil española fue corresponsal en varias campañas. Y Una rubia imponente,pese a su brevedad, se convierte en una pequeña obra maestra que no defrauda a nadie tras su lectura.








Dorothy Parker, Una rubia imponente; ilustraciones de Elisa Arguilé; Barcelona, Círculo de Lectores, 2017.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Hoy tomo café con…


     Laura Bordonaba: “En el relato no todo vale, y eso lo sabe escritor y lector. Los relatos necesitan potencia, apertura y cierre perfectos, y para conseguirlo hay que pedir exigencia y hay que entregarla”.



       Laura Bordonaba Plou, nació en Zaragoza, 1976 y es Licenciada en Documentación, y desde 2002 trabaja en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza, en su sección de Humanidades. Apasionada de los viajes, de la literatura y las letras, ama su ciudad por el cierzo y por el calor de su gente, y aunque tremenda urbanita, siempre tiene que regresar al mar y a la naturaleza.
       Su primer relato premiado fue un cuento sobre la mitología rusa, a los diez años, aunque posteriormente ha ganado diversos premios literarios en Aragón, entre ellos el Primer Premio en el XIII Concurso de Literatura Joven en 2006, organizado por el Instituto Aragonés de la Juventud. Ha colaborado, entre 2012 y 2014, en la revista Granite & Rainbow. 
       Ha publicado el libro de relatos Sobreexposición (Pregunta, 2014), historias contadas desde una distancia calculada, esa medida justa que le permite una objetivación tanto cronológica como retrospectiva, y textos suyos se han incluido en las antologías Los Borbones en pelota (Olifante, 2015), Hablarán de nosotras (Los libros del gato negro, 2016) y La mística (Olifante, 2016).  La colección, Polar (Pregunta, 2016) es su segundo libro de relatos.



Alguien que empieza a escribir, y lo hace con una colección de cuentos, ¿es todo un atrevimiento literariamente hablando?
       Quizás es ante todo la forma más fácil de comenzar, o mejor dicho, para muchos escritores creo que la más natural. Eso si hablamos del proceso de escritura. Eso sí, de cara al mercado literario, sí, es arriesgado. Hay más lectores potencialmente interesados en la novela que en el cuento, aunque creo que hoy en día, en que todos hacemos lecturas cortas a menudo, por ejemplo a través de redes sociales y medios digitales, debería ser un género en alza.

¿Somos, como usted dice en uno de sus cuentos expertos de la ocultación?
       Expertos en ocultar, en disimular, en sobrevivir. A veces ocultar se vuelve casi un salvavidas. Sobreexposición era, como ya decía su título, un canto a la vida y a vivir hacia afuera, sin máscaras. Parece fácil pero suele pasar factura y castigarse. Por eso la gente suele ocultarse, bien mediante un disfraz de superhéroe, bien mediante un disfraz de mediocridad, bien mediante los secretos. Los secretos son seguramente una de las cosas que nos acompañan durante toda nuestra vida.

¿El lector de cuentos es alguien sumamente exigente?
       Mi experiencia como lectora y escritora me dice que sí. En el relato no todo vale, y eso lo sabe escritor y lector. Los relatos necesitan potencia, apertura y cierre perfectos, y para conseguirlo hay que pedir exigencia y hay que entregarla. Tiene que ser como un fogonazo de luz o un puñetazo que te deje noqueado.

Su  primera colección, Sobreexposición (2014) tenía un tono eminentemente lírico, ahora en Polar (2016) ese tono está más contenido, ¿se trata de una declaración de intenciones distinta?
       Creo que no abandono el lirismo, sería incapaz de vivir sin él, pero creo que he encontrado una voz más potente y a su vez más contenida. La verdad es que me gusta la evolución que veo y la que me dicen que han percibido mis lectores.



La ausencia y la presencia eran constantes en algunas historias de Sobreexposición, ¿ahora parece que el abandono domina en Polar?
       El abandono forma parte de la ausencia, pero de manera más concreta. Quizás aquí se sobreentienden o se imaginan menos cosas y hay más realidad, cortante pero con luz. Durante toda nuestra vida luchamos contra el abandono en multitud de parcelas, es uno de esos miedos atávicos que compartimos muchos de nosotros.

¿Los protagonistas de sus cuentos suelen encontrar esa “luz” al final?
       Creo que de alguna manera lo que suelen encontrar es la serenidad. La serenidad no tiene por qué ir ligada a la luz, es un estado muy personal, pero es algo a lo que yo aspiro, y creo que muchas veces se lo intento dar a mis personajes. Equivocados, a veces crueles, a veces cobardes, pero serenos.

¿El cuento, más que otro género, es el fiel reflejo de una realidad?
       La vida está llena de relatos cortos, de imágenes o situaciones que son como un plano de cine de apenas un minuto. Conversaciones breves, historias de amor que acaban rápidamente. Es fácil llevar el cuento a la realidad si se quiere, porque es fácil relacionarlo con lo cotidiano.

A lo largo de la vida, como en uno de sus cuentos, ¿se aprende que existen dos bandos?
       Es algo que me ha gustado de verdad tratar en Polar. Los cobardes, los que callan, los que acusan, los que instigan. Los que aman y los que no, las madres y las que no lo son, los hijos supervivientes y los que naufragan, la naturaleza y la ciudad. Todo tiene su reverso, y sí, la vida son dos bandos, a veces tres, pero siempre son elecciones, y eso siempre conlleva una renuncia, pero también un aprendizaje.

El mundo animal aparece ahora mucho más tratado en Polar, ¿es cuestión de experimentar con otros protagonistas?
       Me interesaba profundamente poder dar voz a otras formas de representar sentimientos, ideas, acciones. Los animales me parecen un canal perfecto, y fueron surgiendo en Polar de manera natural, consciente-inconsciente, terminando luego por ver que más que un canal adquirían entidad propia. Todos somos un poco animales, la libertad del pájaro, la soledad del lobo, la fidelidad de un perro con su amo, la independencia de un gato, la rareza de ser un oso polar.

Su libro, Polar,¿intenta ser una radiografía de nuestra sociedad actual?
       Hay temas que sin duda son actuales, y que me interesan particularmente. Uno de ellos es la maternidad / no maternidad / diferentes maneras de maternidad. Creo que se nos vende una idea muy edulcorada de la maternidad, por ejemplo, y me ha gustado hablar de que existen otras realidades, ni mejores ni peores, pero sí diferentes. Hablo también de las redes sociales y la incomunicación, de cómo las ciudades nos domestican y de recuperar la identidad con la naturaleza, o del acoso escolar.

En esta nueva colección, ¿ha condensado usted más sus relatos?
       Creo que tienen más unidad, porque a diferencia de Sobreexposición que al ser un primer libro tenía un carácter más de reunión, Polar tiene un hilo conductor. Sabía muy bien lo que quería contar, y además ofrecer cara y cruz, ir arrojando matices en cada cuento. Esa condensación se puede llevar también a la forma, creo que de alguna manera son más compactos, más cerrados y más intensos.



Los protagonistas masculinos de sus historias suele aparecer como sujetos pasivos, ¿para usted son menos incisivos en sus actuaciones?
       En estos cuentos sí que me fijé de forma más consciente en la figura de la mujer, a la que doto de protagonismo. De alguna manera lo sentía como una asignatura pendiente, poder regalar historias con mujeres fuertes y a veces incomprendidas en sus acciones. Pero los hombres tienen su papel, quizás menos en primera línea pero indispensable para poder construir la historia.

¿Subyace en sus relatos y en sus historias una palpable tristeza de fondo?
       Quizás más que tristeza hablaría de melancolía pero también de realidad. Creo que por naturaleza soy más bien optimista y una persona que puede considerarse relativamente feliz, pero me interesa explorar lo que no nos gusta ver. Verlo y nombrarlo es hacer que exista, y al existir perdemos también el miedo a vivirlo.

martes, 22 de mayo de 2018

Muy, muy pronto...



 
    La narrativa completa del principal exponente del modernismo español. Francisco Villaespesa (1877-1936) es una de las figuras más notables del modernismo español. A los veinte años de edad se trasladó a Madrid para dedicarse al periodismo, y más tarde recorrió varias veces la América española como empresario teatral y recitador de sus poemas. Ferviente admirador de Rubén Darío [...]

lunes, 21 de mayo de 2018

Daniel Múgica


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LA NATURALEZA HUMANA
                                                   
       Daniel Múgica (San Sebastián, 1967), sin duda alguna, el mejor escritor de su generación, publicó En los hilos del títere (1988) la opera prima de un joven urbano, una aproximación a la maldad, que grupos de jóvenes generan al ritmo marcado por sus propias derrotas en una ciudad depredadora. Seguiría Uno se vuelve loco (1989), la muerte repentina de una misteriosa chica llamada Gloria, y luego La mujer que faltaba (1993), La ciudad de abajo (1996), El poder de la sombra (1988), Corazón negro (1988), Malasaña (2000), y Bienvenido a la tormenta (2014).  La dulzura (2017), Premio Jaén de Novela, cuenta cómo la joven Gadea desaparece un 11 de marzo, en la estación madrileña de Atocha, cuando varios trenes estallan. Sus hermanas la buscan, también Judá, un escritor frustrado, y enamorado de ella. Pero pasan las horas, y los días sin noticias de Gadea. Durante esa angustiosa búsqueda, los diversos personajes rememoran el tiempo pasado junto a ella, cómo influyó en sus vidas, y las circunstancias de su internamiento en varios centros psiquiátricos, y así Múgica nos entrega un ejercicio de intimismo, y La dulzura ofrece una historia que no deja de interesar al lector, construida con notable pericia formal, alterna pasado y presente, no defrauda y resulta, en muchas de sus páginas, de una extremada bondad donde leemos una historia de amor, pese a episodios que confirman los peores sentimientos de la especie humana.
       Múgica ha sido capaz de elaborar un catálogo de la naturaleza humana, y como es habitual en su narrativa enfrenta, con marcada violencia, el bien y el mal. Y puesto que, en numerosas ocasiones, teoriza sobre esos dos mundos mentales, su visión apela al concepto tanto de lo angelical como de lo demoníaco, aunque sobre tantos desajustes se impone el mensaje positivo de una Gadea, inocente y entrañable, inmersa en ese poder redentor del amor y de la cualidad que expresa su propio título: la dulzura. A medida que avanzamos en la lectura, asistimos al hecho de la mañana de aquel fatídico 11 de marzo cuando Gadea sale del sanatorio mental próximo para encontrarse con Judá, y será entonces cuando su familia la incluye en el escenario de los atentados. Sus familiares emprenderán una desesperante localización, y como no figura entre las víctimas, a lo largo de la historia les cabe la esperanza de que utilizara el autobús o tomara un taxi. Transcurridos varios meses, solo al final de la novela se desvela el misterio.
       La fatídica fecha dará lugar a un retrato general del entorno familiar y sentimental de Gadea que, como un puzle, Múgica estructura narrado en primera persona: el novio Judá, los padres, las hermanas Estela y Malena, una sobrina, una pareja anterior y una compañera de sanatorio. Y para organizar el texto, el conjunto se divide en dos bloques psicológicos: la gente con trastornos mentales y variadas enfermedades del alma: Gadea, la madre depresiva, el cuñado suicida, el padre de una acuciada ferocidad; y esos otros personajes equilibrados, con un fondo de bondad aunque sufren y dudan de casi todo: la sobrina, las hermanas, un psiquiatra integro, o Judá, alrededor del cual gira la historia, la más bella historia de amor que alguien pueda imaginar.






LA DULZURA
Daniel Múgica
XXXIII Premio Jaén de Novela                
Córdoba, Almuzara, 2017