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sábado, 16 de diciembre de 2017

Sabías que...





“Vieja madera para arder, vino viejo para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer”.
                                                                        Sir Francis Bacon

viernes, 15 de diciembre de 2017

José López Rueda



Me gusta…

              
       Las historias sobre el 36 español se han multiplicado con el paso de los años, porque la literatura, independiente del género o clase, se inspira siempre en las pasiones y en los sufrimientos del hombre. Podría afirmarse, incluso, que la literatura de los pueblos nace como testigo de sus vidas y de sus guerras, porque en su expresión más elemental las leyendas siempre refieren expediciones bélicas, con héroes que se convierten en mitos y que, indiscutiblemente, están en la mente de todos, La Odisea y La Ilíada, la guerra de Troya y la vuelta del héroe, los Edda germánicos, o los cantares de gesta y los esforzados destinos de sus protagonistas, casos del Poema de Mio Cid, la Chanson de Roland o el Cantar de los Nibelungos, sin que estas apreciaciones presupongan una apología de una literatura bélica que justifique cualquier acción del ser humano.
       Quizá por todo esto, Aldea, 1936, de José López Rueda (Madrid, 1928), recoge una visión distinta del conflicto bélico español que durante más de la mitad del siglo pasado ha convulsionado las conciencias de los españoles. La novela fue editada, originariamente en  Ecuador, en 1958, y sin duda, en nuestro país, si por entonces llegó a distribuirse o conocerse, pasaría sin pena ni gloria. Ahora en una suerte de acierto, Ediciones de la Torre, en su colección “Germinal” reedita la obra, con un prólogo de Juan Cano Ballesta que sitúa la novela en su contexto histórico. Y, según advierte el propio autor, es una historia de personaje imaginarios, que viven en un pueblo de Castilla mientras en torno suyo los españoles se matan unos a otros en una guerra fratricida, y aun añade, que cualquier parecido con hechos o personas reales es pura coincidencia. Y este es, sin duda, el acierto del relato de López Rueda, su particular visión de la contienda desde la retaguardia misma, es decir, vislumbrando a lo lejos cuanto ocurre y cuyos efectos quedan constatados a diario en la pequeña población: las represiones y fusilamientos, los huidos, la presencia militar de los italianos, el miedo y el odio, o incluso la nota amable de los comedores del Auxilio Social para paliar el hambre de los niños de la guerra; en realidad, la intrahistoria de unos personajes, la tragedia de todos y cada uno de ellos que protagonizan ese otro horror a que se vieron abocados. Unas veces, la voz narrativa surge en la mirada de un niño, Germán, que es testigo de cómo un hombre es sacado de su propia casa, padre de uno de sus amigos de juegos diarios, o expresa la situación de su propia familia, sobre todo de su madre, Elisa, que ignora el paradero de su marido y está atrapada en casa de su hermana y su cuñado, donde no es fácil convivir, otras veces se da cuenta de la tremenda y horrorosa persecución de los perros de la pequeña aldea, o la muerte del tío Juan, una víctima más de las circunstancias, que deja arder su casa cuando su mujer muere y no encuentra motivo para seguir viviendo, todo salpicado con los juegos de la mirada inocente, en ocasiones, de los niños del lugar. Son episodios de una angustia vital que López Rueda transmite al lector, precisamente, levantando acta de la difícil situación vivida, también, tras las líneas del frente. La guerra será esa consecuencia, inmediata, que viven estos personajes y que, también salpica a las relaciones familiares de Paco, Petra y su hija mayor, Anita, una adolescente seducida por uno de los militares italianos que ha dejado una pequeña huella en el lugar. Si en torno al mundo de la aldea se muestra indirectamente el conflicto, el novelista subraya la violencia, el odio, el rencor o la codicia misma, y la personifica en esta familia, parábola por otra parte de lo vivido por otros muchos en el resto del país.
       La novela, Aldea 1936, pese a todo, ofrece una visión benevolente de la sangrienta contienda española, porque su autor, niño de la guerra, como Aldecoa, Fraile, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite o Josefina Rodríguez, mira desde sus ojos infantiles el llanto de toda una generación, y lo hace además ejerciendo de severo juez que sentencia y transcribe con una prosa limpia, ajustada, casi lírica, cuando frente al horror describe las calles o plazas, el paisaje y esa tierra seca, al tiempo que somete su lenguaje a una aguda y perfilada sonoridad solo cuando el odio sale de la boca de sus personajes.
                                  



ALDEA, 1936
José López Rueda
Pról. de Juan Cano Ballesta
Madrid, Ediciones de la Torre, 2012; 283 págs.

                                  

jueves, 14 de diciembre de 2017

Otra Navidad, 2



     Y leíamos y disfrutábamos de tantas aventuras en una navidad de frío y castañas calientes…


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Hoy invito a…



Lucila Cornejo



Secreta
Una novela de Lucila Cornejo

Con una prosa ligera y veloz, Secreta es una novela íntima
que sabe conducir al lector y no soltarle la mano hasta la última página.

       
“Aquello que probablemente pedí y finalmente tuve, vino sin embargo a dejarme carente como un niño que anda solo por la tierra”, escribe Clarice Lispector y Lucila Cornejo lo retoma.
        La autora de Secreta se posiciona con esta segunda novela como una escritora precisa y lúcida para narrar una historia en la cual muchas y muchos pueden sentirse identificados.

 
        "La casa estaba en completo y total silencio. Bajé por la escalera con los tacos en la mano mientras repasaba mentalmente el número de un radio taxi conocido. Llegué al hall de entrada y me detuve en ese cuadro que desde el primer día me había deslumbrado. Intenté buscar la firma pero sólo vi un garabato… ¿de quién sería? Estaba iluminado por dos focos tenues dirigidos directamente hacia la tela, lo que realzaba aún más las formas y colores. Bajé la vista, sobre un mueble de madera a media altura había cuatro manojos de llaves. Miré la puerta, enorme, imponente, parecía de hierro y tenía varias cerraduras, una encima de la otra. Sentí el corazón acelerado y las manos húmedas. ¿Por qué estaba haciendo eso? ¿Qué necesidad tenía de salir corriendo como una fugitiva cuando podría haberme despedido como una persona normal? Tomé aire y agarré una de las llaves. La realidad era que estaba muerta de miedo, por lo que estaba viviendo, por lo que sentía, por lo que podría venir, por todo. Aterrada de pensar que él no hubiera sentido nada, pero a la vez con pánico de que sí lo hiciera. Apurada por volver a casa, pero muerta de ganas de quedarme…"
Fragmento de "Secreta".
 

 


       Lucila Cornejo nació en Buenos Aires en 1973. Estudió Administración de Empresas en la Universidad Católica Argentina y se desempeñó durante mucho tiempo en el área de marketing de diferentes compañías.
       Desde chica disfrutó de viajar y escribir, y al día de hoy cuenta con infinidad de diarios de viaje compilados durante años así como una cantidad de cuentos y relatos cortos de su autoría.        En 2015 publicó su primera novela, Descalza.
Asiste al taller literario Tangerina de Ana Guillot desde 2008, con quien ha realizado además diferentes cursos y seminarios.
Secreta es su segunda novela.






Lucila Cornejo, Secreta.
Buenos Aires, Vinciguerra, 2017.
359 págs.
 



 

martes, 12 de diciembre de 2017

Otra Navidad, 1



   Hubo un tiempo en que las navidades eran distintas…
A golpe de lectura, de diversión en papel, pasando las páginas de nuestros tebeos…


lunes, 11 de diciembre de 2017

Esther García Llovet


Me gusta…






EL MUNDO SIGUE VIVO
              
       Esther García Llovet (Málaga, 1963) ha ensayado en todos sus textos hasta el momento una incesante búsqueda, y en su nueva entrega, Cómo dejar de escribir (2017), su personaje protagonista pretende, mientras deambula por los barrios más anónimos de un Madrid reconocible, encontrar un manuscrito; se trata del hijo apócrifo del gran Ronaldo, el mítico escritor latinoamericana/ léase, sin duda, Bolaño. Ya en anteriores tanteos narrativos, valga Coda (2003) describía una atmósfera asfixiante para sus personajes, convertidos en seres sujetos a códigos no establecidos, y cuyas relaciones cruzadas constataban que existe una sociedad suburbana de tintes tan inquietantes como imprevisibles, y parte de un cotidiano vivir en nuestras ciudades.
       Resolviendo sus referentes literarios, la devoción de García Llovet por el chileno es manifiesta desde sus comienzos, así convierte su novela, breve por extensión y trama novelesca, en un diálogo con el narrador de culto que provoca en los lectores esa mirada entrevista por la malagueña con las necesarias referencias a la literatura de Bolaño. Renfo, un veinteañero, busca en un caluroso verano madrileño y bajo una mirada tan absurda como brillante, el manuscrito perdido de su padre fallecido años atrás, al tiempo que se propone reconstruir su figura escribiendo una biografía de la que apenas si lleva redactada media página. El curioso personaje se cruza en su deambular con tipos igualmente extravagantes y grotescos: el expresidiario Curto, un parado de larga duración que ejerce de jardinero, Claudia la chica pija o la extraña pareja de Los Maridos que forman Pato y Carnicero; todos coinciden en numerosos espacios cutres, calles que huelen a meadas de perro, bares con olor a fritanga, pero también se pasean por fiestas de gente acomodada, desde Arturo Soria a Sol, donde abundan las drogas y el ambiente sórdido.
       Cómo dejar de escribir está contado desde un presente narrativo que nos sitúa en plena crisis actual, abundan las supresiones de acontecimientos obviados en la linealidad temporal del relato, y las oportunas secuencias en la recuperación de historias y episodios del pasado cuando el narrador sueña con su padre o se apuntan los recuerdos de experiencias vividas por otros personajes. La novela ofrece una estética cuya brevedad se condensa en capítulos de cuatro o apenas cinco líneas, muy próximos en su estructura al microrrelato, de tanta actualidad. García Llovet apuesta por una narrativa fragmentaria porque de lo que se trata es de constatar que sus personajes aislados se esfuerzan por comunicarse en esta sociedad de la incomunicación, en un espacio y con esas relaciones que sólo se logran a través de la esperanza de un seguir avanzando. La prosa de la narradora malagueña es sobria, los recursos visuales empleados efectivos y la variedad de sentimientos expuestos deja constancia de lo que está pasando. La narración ensayada elabora sus resonancias a partir de la simplicidad, posee una estructura que hace del todo la suma de las partes. Y así los significados de esa narración lineal se elaboran con sencillez, resultan verosímiles, casi relatos propios, y sus personajes acosados por una variada gama de problemas, personales en su mayoría, los une esa realidad solo percibida por quienes nos acercamos a ella.





CÓMO DEJAR DE ESCRIBIR
Esther García Llovet
Barcelona, Anagrama, 2017

domingo, 10 de diciembre de 2017

Desayuno con diamantes, 127



LAS VOCES DEL CUENTO*

        El intento de trazar una panorámica amplia referida a un tema considerado como *cenicienta+ de las letras españolas en estas últimas décadas, puede encerrar las dificultades obvias que lleven a confundir a ese lector habitual de lo que se denomina cuento o relato breve, y sin que por ello tengamos que pensar, generosamente, y a primera vista, en un auge del género durante estas últimas décadas, aunque sí estemos en disposición de afirmar que en estos últimos años se ha cultivado mucho más el cuento entre los escritores y que sus defensores pertenecen a todas las generaciones que, de alguna manera, han sido importantes y de miembros tan dispares como la del realismo de los 50, el experimentalismo de los 60, la indagación subjetiva de los 70 y la apertura cultural de los 80. Para  llegar a aquellos autores más jóvenes que se han ido abriendo camino en las letras españolas en la última década y que hoy, recién inaugurado el siglo XXI, forman ya parte de la promoción de cuentistas contemporáneos entre cuya actividad literaria le otorgan una especial  preferencia al cultivo del cuento y, además, como expresión inequívoca de su compromiso literario con los lectores, sin limitaciones técnicas o estructurales que, entre otros, les llevan a ofrecer relatos de corte fantástico, realismo renovado, una narratividad expresa , conceptos de metaliteratura, feminismo, indagación psicológica o ensayos variados de un relato policíaco o negro.


        Es verdad que el cuento, literariamente hablando, es el género con más peculiaridades que el resto de disciplinas porque, históricamente, es anterior puesto que existe desde que el hombre tuvo necesidad de inventarse historias sobre dioses o  héroes, de hombres y  mujeres, o  viajes fantásticos que incluían seres imaginarios en ese sentido estricto de lo que denominamos *narración+ o *relato+. Ha dado lugar también a alguna que otra confusión puesto que el criterio se ajusta más a ese concepto de cuento popular oral, de duendecillos o hadas frente a ese mero producto que se denomina  relato o narración corta que, sin lugar a dudas, procede de la imaginación de un escritor y de la libertad con que se enfrente a la ficción. Cabe pensar que la literatura es un inmenso campo de experimentación en el que los escritores ofrecen lo mejor de su imaginación y los lectores lo completan con su mejor interpretación. Erna Brandenberger ya se cuestionaba en 1973 delimitar la extensión de cuento literario y, en el examen que realizó, en más de cien relatos, demostró que sus límites habría que establecerlos en torno a la estructura y a la técnica y no con respecto al número de páginas, convenciéndonos de que se trataba de un género mixto que explicaba la diversidad de sus formas y zonas de contacto con otros géneros literarios. Juan Antonio Masoliver Ródenas piensa hoy que, con respecto al cuento, el escritor es quien debe adaptarse a las exigencias del género, lo único que caben son variaciones y más allá de estas variaciones el cuento dejaría de ser cuento. 

Gonzalo Calcedo
                 
        En esta muestra hemos recogido la obra de unos autores nacidos de 1960 en adelante, cuya perspectiva, amplia, sin estar todos lo que son como cabría esperar, muestra un inequívoco auge del mismo y la sensibilización de las editoriales ante colecciones de cuentos que empiezan a venderse en las librerías  igual que una novela, es decir, que empieza a cultivarse  la técnica del relato como una forma de entender el hecho narrativo desde el punto de vista tanto ético como estético. Alejados hoy de una desafortunada historia reciente en España, herederos de una democracia asentada, los jóvenes escritores ven la posibilidad de plantear en sus cuentos aspectos críticos de una realidad del país como una mirada testimonial que se entendería que proyecta la lírica, el teatro o la narrativa extensa. Si los autores del medio siglo fueron realistas y testigos de circunstancias históricas importantes y llegaron a producir cuentos de una multiplicidad extraordinaria y la década siguiente optó por una renovación de la narrativa y una renovación formal, de la misma forma los años 80 y 90 supusieron la aparición de grandes cambios en el mundo cultural y el apoyo periodístico y editorial al cuento para que el género adquiriera relevancia.


        El cuento ha necesitado desde siempre unas condiciones especiales para poder desarrollarse y para poder subsistir. Llegado el momento de ese cambio cultural apuntado, el mercado del relato breve se abrió hacia un espacio editorial más sensible al género que buscaba, especialmente, nuevas perspectivas en la creación narrativa. La prensa apostaba por encargar a una serie de escritores profesionales el ejercicio de su labor en épocas tan señeras como el verano, publicando relatos estivales en períodos especialmente agradables para la lectura reposada, además de predisponer a unos lectores interesados por un género de tan variada y rica tradición en este país. De este modo muchos libros de cuentos han visto la luz en estas últimas décadas a expensas de apuestas como las que señalamos. Editoriales como Anagrama, Tusquets, Alfaguara, Alianza, Debate, Pre-Textos, Valdemar o Destino, finalmente, han apostado por colecciones de difícil mercado. Pero hay otra realidad, el cuento español actual, y me refiero al que se ha venido escribiendo en estos últimos diez años, precisamente del que se pretende recoger aquí una muestra inequívoca de ese buen quehacer, mirando hacia atrás con las valiosas aportaciones de generaciones como la del 36 que incluye los nombres de Camilo José Cela, Francisco Ayala, Gonzalo Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Francisco García Pavón, Vicente Soto; la del *medio siglo o de los niños de la guerra+ con representantes tan significativos como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Medardo Fraile, Antonio Ferres, Ana María Matute; la del 68 con Luis Mateo Díez, José María Merino, Ricardo Doménech, Antonio Pereira, Juan Eduardo Zúñiga y lo que puede denominarse como *generación de la democracia+, a partir de 1975, como Juan Pedro Aparicio, Ana María Navales, Álvaro Pombo, Cristina Fernández Cubas, Enrique Vila-Matas, Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Javier García Sánchez, Pedro Zarraluki, Antonio Muñoz Molina, por citar algunos nombres de la extensa nómina que podría proporcionar; perdón por este extenso paréntesis, el cuento, repito, se ha caracterizado por una variedad de registros que le han proporcionado a los autores una absoluta libertad con que caracterizar un estilo, una estructura o el tema a elegir. Buena muestra de ello se puede apreciar en estos autores nacidos en dos décadas diferentes, la de 1960 y 1970, cuya incorporación al relato se produce en una década también de diferencia, es decir, fundamentalmente, la del 90, como una simbólica puerta de entrada hacia otro milenio. Los autores seleccionados para esta muestra no sólo disponen de los maestros del género de generaciones anteriores sino que echan mano de una tradición universal que bien puede oscilar entre el realismo de Chejov, la fantasía de Cortázar y Borges o la actualidad grotesca de McCullers o Carver por citar ejemplos que, indudablemente, han sido leídos por  estos jóvenes autores. Las dimensiones de lo fantástico como valor inequívoco en un tipo de relato como el que nos ocupa, la realidad sucia con pizcas de una visión irónica no exenta de un humorismo hiriente o el ejercicio del poder del lenguaje como esa muestra de un relato bien construido cuya fuerza redunda en el estilo literario en sí, los convierte a todos en maestros de esa idea que nos dice que el cuento ha dejado de ser un mero ejercicio o divertimiento para convertirse en algo que ofrece la posibilidad de contar con una tensión narrativa muy eficaz.


        En esta selección, como creo que en todas, deben existir unos criterios que justifiquen la presencia de estos y no otros autores, el único que se me ocurre y con el que he contado desde el principio, es de la calidad y el hecho de tener una edad común los incluidos. El año 1960 en adelante me parecía una perspectiva lo suficiente interesante como para poder vislumbrar la importancia de una obra en la mayoría de los casos y una firme apuesta en algunos otros. Uno, dos, tres, y en algunos casos  más, libros publicados de este difícil arte, avalan este criterio que es únicamente personal. Por otra parte en estos últimos años, la proliferación de antologías sobre el cuento español nos ha ofrecido una panorámica amplia sobre el género que cubre los últimos cincuenta años del panorama narrativo breve español. En un somero recuento cito algunas, tales como Los niños de la guerra (1983), selección de Josefina R. Aldecoa, Cuento español de postguerra (1986), edición de Medardo Fraile, El cuento español (1940-1980) (1989), edición de Óscar Barrero Pérez, Cuento español contemporáneo (1993), en edición de Ángeles Encinar y Anthony Percival, Últimos narradores. Antología de la reciente narrativa breve española (1993), selección de Joseluís González y Pedro de Miguel, Son cuentos. Antología del relato breve español (1975-1993) (1993), edición de Fernando Valls, Madres e hijas (1996), edición de Laura Freixas, Páginas  amarillas (1997), con una introducción de Sabas Martín y Los cuentos que cuentan (1998), edición de J.A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls, o Vidas de mujer (1998), selección de Mercedes Monmany. La autora del prólogo señala, en el mismo, cómo *aisladas, orgullosas, subterráneas o paralelas a la vida real, las mujeres siempre han logrado sobrevivir y crean su propio mundo clandestino+. Nada más lejos que constatar ese concepto de supervivencia a la hora de incorporar en esta antología los tres cuentos de tres singulares narradoras. Ellas forman parte de esa generación de buenos cuentistas que hoy publican lo mejor del género.

Marta Rivera de la Cruz

        No habrá que ver en la presente selección nada más que el rigor de un cuento bien escrito, y por autores que en su obra lo han abordado con esa suficiencia de la que queda aquí manifiesta presencia, porque quizá, para la mayoría de ellos, la literatura y la vida quedan concebidas como un proyecto común del que se da noticia en su escritura y, además, se convierte en un propósito que va más allá del didactismo o la moralidad porque de lo que se trata es de ofrecer las voces del cuento y esto avalado por una invención que celebra la realidad más inmediata,  repleta tanto de tensión como de esa amenidad que ofrecen las experiencias propias. Las características más relevantes que puede proporcionar al lector la presente selección es la diversidad tanto en temas, como enfoques y estéticas si hemos de hablar aquí de este concepto que bien puede aplicarse al cuento, pero sobre todo habría que hablar de un gran desarrollo del género por parte de estos autores cuya edad oscila entre los 40 y los 30 años. Muchos de ellos configuran sus historias entre lo absurdo, lo fantástico, la realidad o la fabulación, en suma, levantan un acta cotidiana desde enfoques irónicos o humorísticos, paródicos o caricaturescos, con personajes excéntricos, infantiles o femeninos, desde una categoría sumamente expresiva, inmersos por supuesto, en un mundo contemporáneo que proporciona relaciones interpersonales que ofrecen una proyección mayor. Estos jóvenes autores muestran una sólida condición literaria como puede desprenderse de sus textos, y se afirman en un discurso que ejemplificaría esa adecuación a un proyecto narrativo concreto y su calidad expresiva como soporte conceptual. Existe fervor y pasión por el relato como vehículo de expresión preferente en un universo discursivo mayor que pretende mostrar esa imagen equívoca de una realidad distorsionada o el esfuerzo por cambiarla.
        Haciendo un somero repaso de las características de los autores seleccionados, podemos ver como Carlos Castán ofrece en sus cuentos un mundo inquietante y sombrío, dominado, como la vida, por el desamor y el dolor, donde la soledad se convierte en una pesadilla de la que no se puede despertar.  La estética cortaciana, por citar un referente perceptible en la obra de este autor, ofrece la densidad de un silencio corroborado en una eficaz sugerencia. El ámbito de la angustia caracteriza la actitud de unos personajes que intentan una y otra vez reconstruir su existencia. Sus cuentos ofrecen un virtuosismo lírico poco habitual, la hondura de los materiales utilizados es su mejor variedad formal, metáforas y aforismos refuerzan un lenguaje repleto de matices que proporcionan la desesperación de cualquier personaje en su continuo tormento de existir.
        Guillermo Busutil  incluye, quizá, en sus cuentos el mejor ejemplo de esos seres marginales de una sociedad en la que éstos no parecen tener cabida. Poco importa de dónde provengan y que sean timadores, ladrones de guante blanco, artistas en declive o políticos, lo importante es que muchos de ellos se desdoblan y  nos resultan tan desagradables como entrañables. La crítica ha señalado la atmósfera de sus relatos como una de sus más singulares características, además de la solidez de un estilo elaborado con un lenguaje que fluye hasta llegar a giros acertados tanto en su expresión como en su comprensión. El propio título de su última colección de relatos, Individuos S.A. lleva a considerar a sus personajes y a sus nombres hasta resonancias insospechadas porque su caracterización es tan impecable como acertada.   

Martín Casariego
  
        Gonzalo Calcedo cree firmemente que los cuentos  adquieren pleno sentido en forma de libro y sólo en la revelación de su propio significado. Calcedo posee la habilidad de poder presentar, en unas cuantas páginas, el transcurso de unas vidas, seleccionando un momento de las mismas, aunque desdobla el tiempo narrado con esa habilidad que hace que percibamos el antes y el después de la escena, sugiriendo, en todo momento, los lugares por donde puede transitar la imaginación del lector. Muchos de los cuentos de este joven narrador transcurren en unas horas, en espacios abiertos, con pequeños desplazamientos o viajes para subrayar así la banalidad de una existencia. También  muchos de sus personajes están solos, atrapados en una soledad indeseada, están literalmente rotos y se percibe en ellos una condena hacia un vacío. Todo ello construido con un lenguaje conciso, sobrio y elegante.
        Hipólito G. Navarro ofrece estrategias narrativas muy heterogéneas que se formulan inicialmente de un pequeño elemento que llevará al relato a un crecimiento incontrolable. Quizá la mayor consideración que puede otorgarse a la narrativa breve de Navarro sea su imprevisibilidad que lleva a sus cuentos a terrenos donde el humor campea junto al absurdo. Su arte es una rebelión continua frente a estructuras formales estereotipadas. La crítica ha afirmado que su obra hasta el momento consigue la liberación de la tonalidad con que puede entenderse el conjunto de reglas que desarrollan el planteamiento narrativo, tanto en su eje formal como temático. Para el narrador onubense, la realidad tiene pliegues invisibles por los que se puede extraviar el hombre.
        Martín Casariego emplea en sus relatos una técnica compleja que debe tanto a la literatura como al cine, bien sea por imitación como por referencia. La imitación del cine es uno de sus más sobresalientes rasgos y técnicamente hablando describe tanto escenas deportivas, como emplea fábulas clásicas o incluye fragmentos de gran belleza poética. Imágenes insólitas, juegos de palabras surrealistas, guiños y referencias a otros autores, además de la ironía que sustenta una prosa de enorme eficacia. Sus relatos cobran una verosimilitud final por el artificio de su lengua, por el  uso del español o una gramática descriptiva que constata en su caso, la inteligente utilización del humor y la exploración lingüística más aguda, donde la sonoridad, las imágenes, el color para describir, vienen a completar toda la estructura sentimental sobre la que se basa el mensaje de sus historias. Entre sus claves estarían la identidad y la obsesión, como muestras de un aprendizaje que, en muchos de los casos, le exige toda su atención al lector.    
        Para Paula Izquierdo la vida literaria aún puede resultar la insufrible búsqueda de un paraíso perdido. Esta es, además, la constatación de algunos de los planteamientos narrativos de estos últimos años en la literatura española. Uno de los pocos placeres que, de alguna manera, nos recompensan es poder sentirnos al margen de nuestra propia vida, como si de un espíritu se tratara que espía libre y desocupado sin ninguna otra cosa que hacer. La depresión, la insatisfacción domina a sus personajes, generalmente femeninos que, en primera o tercera persona, se autorretratan o desnudan en momentos de desequilibrio, pero también de gracia. Paula Izquierdo consigue indagar en las percepciones de sus personajes para ofrecer una visión del carácter psicológico de los mismos.


        José Manuel Benítez Ariza ha señalado que escribe como si de una especie de lavado público se tratara, con materiales autobiográficos en primera, segunda o tercera persona convenientemente tratados para capturar las situaciones de nuestra vida, el clima sentimental y nuestra capacidad para retener nuestros recuerdos. Sus relatos son, en cierto modo, esa manera intensa de vivir una vida que de otra manera se perdería en el desván de los recuerdos.          
        Por otro lado Juan Bonilla piensa que contar es una manera de pensar, de construirse un mundo propio, de *no ser escrito por otros+. En sus cuentos muestra un sutil humor y una acción trepidante. Reflexiona sobre los mecanismos de violencia y el enfrentamiento entre la realidad y la ficción. Sus textos están repletos de homenajes literarios, es decir, que su núcleo argumental revive, de alguna forma, el oficio de escritor o la creación literaria. Todo ello para expresar una mirada sobre un ambiente donde el humorismo y el drama conviven, además de dotar a sus cuentos de una profunda reflexión sobre nuestro mundo. Sus relatos, además, son capaces de divertirnos a la vez que hacernos pensar. Forman un conjunto narrativo sólido, excelentemente escritos con una abundante imaginación y con un ingenio que hacen de este autor un particular representante por su intencionado propósito de contar historias.
        Una primera obra no debería ofrecer, aún, la perspectiva necesaria para apostar por un autor como Carlos Peramo, pero raras veces se ofrece en literatura una intensidad narrativa como la que exhibe este joven barcelonés en su primer libro de cuentos. Su mundo es claustrofóbico y refleja una inusitada maldad. Sus personajes están obsesionados por el excesivo pánico que preside sus vidas. Lo importante es que el autor se pone al servicio de sus lectores y les ofrece todo tipo de detalles. Ironía y sarcasmo son lo mejor de los cuentos publicados hasta el momento para quien *nada se alcanza, sin una obvia obsesión+.                 
        Ignacio García Valiño recorre en sus cuentos los espacios urbanos de finales de los 90, en los que se muestra el humor y las costumbres. La crítica ha señalado que su prosa ha renovado con humor y sutileza toda una suerte de banalidades postmodernas que hoy nos acosan hasta la exasperación. Sus relatos meditan sobre el amor, sobre las relaciones entre el sexo y las pasiones amorosas, sobre la pasión, la justicia, el poder y la extrañeza, en una firme búsqueda de la propiedad de una escritura que resulta, tanto en sus relatos extensos como en los breves, original y repleta de sabiduría.


        Félix J. Palma muestra un mundo literario que resulta ser tan amado como odiado, pese a que diariamente tengamos constancia de que está ahí, pero la realidad nos devuelve a otra repleta de espejos cóncavos donde la soledad acentúa el dramatismo de nuestro existir, de algunas situaciones asombrosas marcadas por lo irreal y lo inesperado. Como reza en la solapa de su primer libro, *el vértigo del absurdo, porque un hombre es contratado para vigilar los movimientos de una salamandra; un poeta vende los besos de su prometida para publicarse sus rimas; un oficinista contempla atónito cómo sus infidelidades transforman el talante de su gato o un hombre intercambia su reflejo con el de una desconocida+.
        Nicolás Casariego es un autor cuya percepción de la vida rezuma escepticismo y algo de fastidio, aunque en ocasiones siente compasión por sus criaturas como ocurre en el cuento seleccionado. Sus relatos, también, ofrecen tristes destinos y las relaciones que establecen sus personajes son frágiles y derivan hacia la incomunicación. Fluidez y amenidad caracterizan los cuentos del primer volumen del joven Casariego, que de alguna forma retrata la desolación de una desacralizada sociedad y esto como una suerte de sortilegio para escapar del vacío existencial al que se encamina nuestra humanidad.
        Marta Rivera de la Cruz consigue imaginar, en una amplia variedad de episodios, la vida y milagros de muchos de los personajes que pululan por las páginas de sus cuentos y novelas y nos sorprende por su capacidad de fabular e inventar las historias que pone en boca de sus personajes que nos hablan de amores irrealizables. Característica esencial de su prosa es la agilidad narrativa, en sus posibilidades lectoras, por las múltiples historias integradas que se suceden unas a otras y nos sirven para recorrer toda una variedad temática en serie de muchos de los usos y costumbres que pertenecen al mundo de la realidad que se hacen plausibles a través del mundo de la ficción, así lo verdadero se confunde con lo falso, la hipocresía se convierte en fingimiento, la soledad se disipa con la búsqueda del amor, como otra reflexión que puede desprenderse de la lectura de sus obras en las que al final termina por no salvar a sus protagonistas.    

Care Santos
                            
        En Care Santos sobresale la intensidad de un estilo desde sus dos primeros libros de cuentos, donde el desamparo, el fracaso y la desolación son los motivos que reaparecen en su narrativa. En sus relatos se percibe el sentimiento de frustración, de soledad, de íntima necesidad de desahogo. Contados en primera persona, sus narradores masculinos y femeninos luchan por compartir experiencias. En todas sus historias late el sentimiento de una incuestionable verdad, esa que nos dice que en cada experiencia humana, sea cual sea, hay una historia digna de ser contada. El registro de Care Santos es muy variado, su literatura hasta el momento se reparte en varios libros de relatos, narraciones juveniles, donde la música ocupa un lugar preferente, y dos novelas notables, perfecto muestrario de las desgracias humanas, de excesos vitales y amores cotidianos.


        Óscar Esquivias es el más joven de los autores seleccionados. Su obra hasta el momento se haya diseminada por las revistas en las que hasta el momento ha ido colaborando. Su relatos y sus novelas reflejan el mundo de parejas que rompen y mienten compulsivamente a causa de las muchas debilidades de nuestra sociedad. El cuento para él *sigue siendo una fruta jugosa que da mucho juego  para contar+.
        Hay una característica común a casi todos los autores seleccionados que no quiero dejar de apuntar, y es su dedicación, también, a la narrativa extensa. Casi todos han probado suerte con la novela y además su resonancia en el panorama  narrativo español es hoy muy importante. Cuento, novela corta y novela en su sentido estricto han venido alternándose desde el siglo XVI cuando Cervantes ya afirmaba que él era el único autor de este tipo de relatos, de clara influencia italiana. La estrecha unión entre ambos conceptos hace que muchos de los recursos puedan ser aplicados en ambas acepciones y de lo que sí podemos estar seguros es de que la confusión terminológica  persistió a lo largo del siglo XVII, XVIII y aún en el XIX, cuando algunos autores señeros calificaban sus obras de novelas cortas, cuentos, narraciones, historietas, hasta que una vez conseguida la independencia, la novela, la novela corta y el cuento siguieron, en algunos casos, caminos paralelos pero radicalizando posiciones que propiciarían alejamientos mutuos, por supuesto. Nunca hay que olvidar que la novela es un género híbrido y todos los procedimientos narrativos y técnicos de la historia literaria española y mundial están ya presentes en las obras de muchos de nuestros narradores y así, este género, vuelve a convertirse una y otra vez en esa especie de cajón de sastre donde todo cabe. Es frecuente encontrar cuentos que forman parte de novelas o cuya técnica consiste en una composición de unidades narrativas menores que funcionan como relatos independientes. Es verdad que las conexiones entre relatos distintos consisten en la repetición de esquemas, tipos de narrador, temas, escenarios y sobre todo la aparición de unos mismos personajes o tal vez similares en diversas obras de un mismo autor. En definitiva, entre novela y cuento no podemos hablar de unas jerarquías que puedan separar ambos géneros; más bien habría que indagar y justificar características que no es el caso indicar aquí. Sí, por supuesto, constatar que muchos de los autores aquí seleccionados han ensayado el relato extenso, esto es, la novela como obra literaria en prosa, en la que se narran hechos total o parcialmente imaginarios presentados como componentes de una unidad, según definición clasicista.


        Los cuentos, como ha escrito Eugenio Fuentes y hago mía esta definición porque es hermosa, son como frutos de un bosque por el que uno se pierde con toda facilidad, un espacio lleno de sorpresas que por corazón tienen a un pez que pugna por escaparse de nuestras manos. Pero sobre todo permiten experimentar, indagar nuevos territorios narrativos con mucha flexibilidad. En un relato se determina lo significativo, aquello que se cuenta sobre una base estricta y en la medida de lo necesario, de lo imprescindible, esa condensación que actúa siempre en favor de la intensidad, como elementos sustanciales de un género que Ccomo afirmaba CortázarC*todo debe conducir a una especie de fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo más grande+. Finalmente el cuento esCsegún Antonio PereiraC*el resultado de saber una buena historia y saber contarla con la intensidad y brevedad necesarias+. Los relatos aquí reunidos tienen mucho que ver con esta afirmación porque todos y cada uno de ellos se concretan en esa sabia mezcla de equilibrio que se produce entre la precisión y la vaguedad.
        La presente edición reproduce, íntegramente, la mexicana de Grupo Editorial Eón/  Universidad de Veracruz y el Instituto Veracruzano de Cultura, y sólo se actualizan las fichas bibliográficas de los autores porque, inquietos como son, no han dejado de estar presentes en el panorama narrativo español tras el tiempo transcurrido. Esto es algo que confirma esa sólida condición literaria que los caracteriza, como afirmo en la introducción. Bueno es que estos cuentos se muestren ahora en los escaparates de nuestras librerías y corran su suerte entre los lectores españoles. No me arrepiento de nada de lo que digo sobre ellos, es más, quizá me haya quedado corto, aunque tal vez esas otras maravillas deban decirlo otros por mí. La suerte del cuento o del relato sigue siendo incierta aunque, para suerte de algunos, las colecciones se  suceden cada vez más y los devotos del mismo, me temo, y pese a reticencias de editores y de empresas editoriales, aumentan en porcentajes que se podrían considerar bastante significativos para los tiempos que corren.

* Prólogo-Introducción de la antología, Lo que cuentan los cuentos; México, Eón, 2001.