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jueves, 23 de febrero de 2017

Patricia Esteban Erlés



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MASCOTAS
       Aunque ocurran cosas extraordinarias, aquellas que suponemos rompen las leyes naturales y nos encontremos ante hechos difíciles de explicar, aunque esta colección de cuentos se sirva de imágenes alegóricas, de universos paralelos y, como lectores, nos veamos obligados a elaborar algunas posibles hipótesis sobre lo leído, conjeturas que difícilmente pueden resultar definitivas, y cuando en estos trece cuentos se nos muestre que la realidad no es tan estable y sólida como parece, sino que forma parte, al menos, de dos planos diferentes: lo real y la sorpresa; sobresale, en ellos, la imaginación de Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972), característica que no surge de una proyectada evasión de la realidad, más bien profundiza en ella. Estas y otras cualidades, llamaron la atención de la crítica hace un par de años en sus dos libros de relatos anteriores, Abierto para fantoches (2008) y Manderley en venta (2008), el último como ensayo de una colección de interesantes relaciones duales, con unas deliberadas comunicaciones inequívocas, incluso con un cierto sentido de culpabilidad en la mayoría de sus historias pero, sobre todo, con una trama secreta que, de alguna manera, convertía un espacio cerrado en cómplice de esas otras muchas posibilidades de relaciones que la aragonesa se permitía con sus personajes, otorgándole a sus cuentos el beneficio de una trama enigmática que transportaba a los lectores a otra dimensión, a ese lugar donde lo superfluo y las complacencias brillaban por su ausencia, hecho que demandaba una lectura atenta, capaz de discernir las oportunidades que ofrecía un libro bien escrito como Manderley en venta.
               El poeta André Chérnier afirmaba que el dolor reclama soledad, la tristeza  comparece en igual proporción, levanta un muro entre dos mundos, sentencia que nos viene a la mente tras la lectura de Azul ruso (2010), la nueva colección de cuentos de Esteban Arlés, cuyo sentido último se concreta en la crónica de una decadencia actual, en la abolición de un mundo reconocible porque sus criaturas comparecen en la escena como auténticas prisioneras, le ocurre a Emma Zunz («Azul ruso»), la protagonista de uno de sus cuentos más extensos, que habita en un edificio de la calle Klementina, 12, convive con sus gatos, ancestralmente, animales misteriosos, muy independientes, en ocasiones traidores y poco previsibles. Este misterioso personaje sobrevive a la melancolía que le proporciona el color azul que, en gran medida, vertebra su vida. El universo de la mujer sobrevive en estos cuentos, cuya vida subterránea, paralela, tan aislada como real, se muestra en sus relatos más significativos, y así Zunz vive al margen, es una especie de hechicera o mujer-gatuna, felina en sus actuaciones y, por consiguiente, sin corazón. La narradora crea un mundo a su alrededor para que sus historias tengan cierta consistencia, un espacio donde sus variopintos personajes, una cajera, una adúltera, un superhéroe («Superwind»), envejecido y gordo, un maquillador de cadáveres («La chica del UHF) o una pareja de jóvenes («Mudanzas») que se replantea su relación por problemas con una iguana abandonada, sobreviven en una realidad cotidiana, inamovible, porque es verdad que lo tangible siempre esconde los pliegues de una irrealidad, de una fantasía que basamos sobre una experiencia y que optamos por olvidar. Muchos de estos cuentos ocurren en habitaciones cerradas cuyo significado último atisbamos solo con la imaginación, o cuya realidad se muestra distinta tanto para quien lee como para escribe, porque algunas de estas mascotas de las que nos habla Esteban Erlés surgen en el espacio vacío de un interior no menos desocupado. En estos cuentos sobresale, en igual proporción, el revés oscuro de las relaciones humanas, un hecho que le proporciona a la narradora maña un mecanismo de lectura muy alejado de esa realidad esgrimida, que ya surgía como propuesta posible en anteriores entregas suyas; ahora es otra la realidad que recrea y alimenta estas nuevas historias. Sobre todo porque, nunca sabemos si las cosas que se narran ofrecen la fiabilidad que se le supone siempre, o más bien vislumbramos imposibilidades susceptibles de ser tenidas tan solo en cuenta. La línea que separa lo real de lo fantástico, incluso de lo imaginario es, en ocasiones, tan débil como perceptible. Estos cuentos postulan referentes que provocan en el lector alguna duda y, por supuesto, reacciones inexplicables a situaciones menos razonables, porque en la mayoría de ellos, en realidad, este, y otros hechos, consiguen mostrarnos una visión inquietante.
               Lo mejor de Azul ruso, la opresiva soledad e incomunicación que suele estar detrás de un notorio registro repleto de ironía, de un profundo sentido del humor, carcajada incluida, y un tono tan sarcástico que cualquiera pudiera pensar en un mundo totalmente diferente.







Patricia Esteban Erlés, Azul ruso, Madrid, Páginas de Espuma, 2010; 131 págs.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Antonio Skármeta



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FÁBULA PARA DEGUSTAR
              
        El escenario de esta novela se localiza en un mapa de Chile. El pueblecito de Contulmo y la ciudad de Angol existen, ambos forman parte de la región de Malleco, al sur del país. Lo mejor —en palabras del propio autor— es que sobresalen por representar escenarios pequeñitos que permiten profundizar en el alma de los personajes; en realidad, secundarios en busca de una oportunidad, y literariamente ofrecen una mayor atención a sus pasiones. Jacques vive allí, es el protagonista de la nueva novela de Antonio Skármeta (Antofagasta, 1940, Chile), que, con referencias cinematográficas y populares, ha titulado, Un padre de película (2010). Aquí el tiempo, tan esencial como indeterminado, se ha detenido en los sesenta.
        El chileno pertenece a esa generación de escritores en cuya obra el lenguaje prima como materia esencial del arte narrativo aunque, el cosmopolitismo y el regionalismo, destacan en la evolución histórica a que el autor ha sometido sus obras desde el comienzo: sus cuentos, El entusiasmo (1967) o Tiro libre (1974), o las novelas, Soñé que la nieve ardía (1975) y No pasó nada (1980), porque incluyen características del resto de la narrativa latinoamericana de los sesenta cuya conciencia y propuesta cultural son comunes. Skármeta sobresale en su firme propuesta de ofrecer la visión de un mundo singular, sus personajes muestran cierta pasividad, en ocasiones abulia, resultan tan inocentes como maduros, despliega una esencial concepción del habla y del estilo, elabora formalmente la estructura de sus textos, se distingue en cómo organiza el tiempo, o en la proyección de sus imágenes, básicas y profundas, que alimentan su postura final: cada detalle nimio con que nos conmueve, para llegar a una visión generalizadora que domina sobre el conjunto.
        El autor de Ardiente paciencia (1985) o El baile de la victoria (2003) nos devuelve con Un padre de película la nostalgia de algo que se fue o que aún está por llegar, en realidad, una fábula para degustar, una novela profunda en su contenido, breve en su planteamiento y extensión. Ahonda en los sentimientos del ser humano, promueve el pensamiento justo y verdadero de un mundo cuya sabiduría habría que buscar en lo popular, asume lo coloquial sin escrúpulos, como el protagonista escribe en las primeras líneas, en una declaración de intenciones: «Compongo mi vida con rústicos materiales de la aldea: el sonido agónico del tren local, las manzanas del invierno, la humedad sobre la piel de los limones tocados por la escarcha de la madrugada, la paciente araña en la sombra de mi cuarto, la brisa que mueve las telas de las cortinas». Una vez expuesto este propósito, Skármeta cuenta la historia de un joven profesor de pueblo, que en sus ratos libres traduce poemas del francés, y explora las relaciones paterno-filiales porque Jacques se sentirá huérfano de un progenitor francés que un día abandonó a la familia para regresar a su amado París. Como complemento a su profesión, el maestro ejercerá de padre con algunos de sus alumnos, el caso de Augusto Gutiérrez que cumplirá años y le pide a su mentor que, como regalo, lo acompañe a la cercana Angol para perder en el lupanar su virginidad. En realidad, estos jóvenes tienden a agostarse en su hipersensibilidad, en su vehemente deseo de búsqueda del sexo, en la lucidez que muestran en su conciencia. Son adolescentes irreverentes, cuya sensualidad y metafísica del cuerpo pregonan, víctimas de su soledad, en mitad de una naturaleza exuberante. El niño Augusto intentará convencerlo interesando a Jacques en alguna de sus hermanas, especialmente en Teresa, la más joven, quien asegura le ha escrito una encendida carta de amor. Antes el maestro, viajará, junto a Cristián el molinero, a la vecina Angol para experimentar ese complejo paso hacia una madurez tan deseada por ambos, y allí descubrirá el secreto familiar que atormenta a la madre, será entonces cuando el proceso de maduración del tímido profesor se acelerará una vez de vuelta en su pueblo natal.
        Skármeta concibe el tiempo de una manera muy diversa, un período único que irá creciendo con el personaje mismo, aunque se desenvuelve de una manera rectilínea y continua, con una duración mínima y una intensidad máxima. El eje temporal de Un padre de familia se canaliza en torno a la experiencia transformadora (madurez/sexo) que sienten sus principales personajes. La dispersión terminará por disipar y hacer posible la certeza de una verdad, que fundamenta la historia completa. Se evoluciona desde el encierro y la soledad hasta la conclusión: lo que denominaríamos, la redención final.






Antonio Skármeta, Un padre de película; Barcelona, Planeta, 2010; 147 págs.

martes, 21 de febrero de 2017

Peter Stamm



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DISTANCIAS
                     
       Cecilia Dreymüller sostiene, en un minucioso estudio, que 1968 es el momento en que se invierten, en gran medida, los diferentes sentidos en que evolucionan las literaturas en lengua alemana. Será en la parte occidental: la RFA, Austria y Suiza, donde se produce una gran politización, se expande un fervor generalizado de cambio social, y se cuestiona cualquier estética literaria. Surgirá una prolongada fase de crisis, fruto del escepticismo respecto a los alcances propios del lenguaje y, sobre todo, a niveles ideológicos. La literatura resultante centra su atención en el individuo, en mitad de un desilusionado ambiente, cuenta experiencias estrictamente personales, incluye frustraciones pequeño-burguesas, o muestra la escasez de estímulos existenciales, focalizado todo tanto en espacios urbanos como paisajes rurales.
     El suizo Peter Stamm (Weinfelden, 1963) afirma que, generalmente, alcanza un determinado estado de ánimo cuando escribe, y a través de ese sentimiento le surge el lenguaje. El tono esencial de su escritura ilustra a un individuo cuando se expone a lo desconocido, de ahí que su literatura, sus novelas y sus relatos, describan momentos en los que todo puede ser posible, y entre las muy notables características de su prosa, el paisaje surge con paralela fuerza, cobra inusual presencia en sus cuentos, que resultan tan áridos y frágiles como se dilucida por la extremada precisión y la fuerza del lenguaje empleado, por sus acertadas y milimétricas descripciones. Sencillez y una inteligible capacidad para construir ambientes, resumen aún más estos relatos.
     El cuento, puntualicemos con certeza, es de los géneros narrativos que atesora seguidores definidos y concretos, baste citar legiones de devotos de autores como Cheever, Carver, Handke, Ford y, aventuramos, con cierta convicción, que tras leer las colecciones de Stamm, los indecisos, se reconciliarán con una literatura que explora ese camino y oscila entre la simple reacción de unos hechos contados, al grado máximo de los mismos, para llegar a través de un lenguaje minimalista a una obsesiva y sorprende verdad, la que mueve el mundo: las reacciones humanas. En una colección como Lluvia de hielo (1999), Stamm reflexionaba acerca de los conceptos de creación y tradición, sin embargo, En jardines ajenos (2003), ofrecía esa otra realidad paralela que da forma y sentido a nuestro yo más cercano; ahora se publica en España, Los voladores (2008), un conjunto de doce relatos tan escuetos y fríos como algunos de los anteriores, con una salvedad: en los presentes, ofrece estímulos o reacciones que en sus personajes conllevan una obsesiva reacción, como se cuenta acerca de una educadora, «La expectativa», que intima con su vecino, bastante más joven, y lo convierte en objeto de su deseo, un excelente relato que abre la colección, y termina, gradualmente, elevando la tensión tanto por el desenlace como por la fuerza en intensidad del lenguaje empleado; casi la misma intensidad sexual que en el final anterior, se percibe en «La ofensa», la relación de dos jóvenes que descubren cierta dependencia emocional, lésbica, con continuas insinuaciones sexuales; y en este mismo sentido temático se incluye, «Tres hermanas». Las expectativas de Bruno en el cuento «El resultado», la tensa espera de un diagnóstico clínico, se resuelven al final, con un escueto, «Pero no será nada. Seguro que no»; y a idéntica conclusión llegará Angelika en «Los voladores» cuando tras verse obligada a cuidar al niño Dominic, dé por finalizada su relación con Benno, y el narrador ofrezca la imagen concluyente de la joven sentada en el inodoro, con el rostro oculto entre las manos, sentido de esa incomunicación con la que Stamm mide el pulso real de una sociedad, cuya convivencia, en pareja, cualesquiera sea su condición, se aleja cada vez más de la huidiza placidez de las relaciones humanas, por ese otro intrínseco malestar, y la levedad que soportamos en un zafio mundo contemporáneo. Es así como lo ve la anciana de «La carta» que descubre, bastantes años después de la muerte del marido, las cartas que este envió a una joven amante, hecho que la obliga a explorar la verdadera naturaleza de los sentimientos de toda una existencia, lo nunca contado y que ahora se vuelve realidad en una muy extensa carta al marido fallecido.
      Los personajes de Stamm tienen el privilegio de intentar convivir en la más absoluta cotidianidad, no se les exigen reacciones extraordinarias, ni deben mostrar actitudes de héroes, pese a las angustiosas situaciones sufridas, aunque en ocasiones logran salir indemnes del dolor que les causa su melancólica circunstancia. Sirva el ejemplo más poético del conjunto, «A los campos hay que acudir...», escrito en segunda persona, ciclo vital con que cierra el escritor suizo Los voladores. Cuenta la vida de un artista que aun en el fracaso de su arte, logra triunfar.






Peter Stamm, Los voladores, Barcelona, Acantilado, 2010.

lunes, 20 de febrero de 2017

Enis Batur



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EN LA CASA DE LOS LIBROS

   
        La educación humanística tenía a la Biblioteca como su espacio privilegiado. La Biblioteca no era cualquier lugar, ni la palabra que albergaba era cualquier palabra, ni siquiera la experiencia de la lectura era cualquier relación con la palabra. Era, por consiguiente, un espacio en el que se producía el repliegue del tiempo en un lugar cerrado, condición única para la conservación y su rememoración. Sus paredes definían una interioridad, un recinto donde el tiempo no fluye y tampoco puede derramarse. Cada Biblioteca representa una topografía alternativa que nos lleva, de un universo personal y finito, a esa inmensidad del Universo que nos rodea y allí, nuestra Imaginación crea un mapa completamente distinto. Es en este sentido, es así como caracteriza Enis Batur (Eskisehir, Turquía, 1952) el fenómeno del bibliópata que pasa buena parte de su vida coleccionando libros o persiguiendo ediciones raras, buscando papeles o husmeando en documentos que, de alguna manera, palien esa enfermedad, esa sensación de prisionero, que se concreta en la elaboración laberíntica de una biblioteca, situación comparable a la vivida por el mítico Dédalo, o incluso, yendo aún más allá, imitando el subgénero creado por el argentino Borges cuando hablaba del mundo de la lectura cual una inmensa biblioteca con forma y trazado laberíntico donde cualquiera puede perderse de una forma gozosa, sin duda.


       El escritor, poeta y ensayista turco Enis Batur confiesa en un sintético y singular tratado titulado originalmente, «La casa de los libros», traducido en nuestro país por, Las bibliotecas de Dédalo (2009), como en la primera mitad de 1986 se encontraba sumido en uno de los momentos cruciales de su vida: había perdido su Biblioteca y, de repente, no supo qué hacer. Aquello se le antojaba un auténtico espejismo en llamas, luego se transformaría en humo y todo se esparciría por los aires en un nuevo espejismo de cenizas hasta que estas volvieron a él convertidas en un puñado de nada. El desastre le obliga, entre otras consideraciones, a relatar para sus lectores lo ocurrido con la Biblioteca de Alejandría, continúa enumerando como en el 747 a. C. el rey de Babilonia hizo destruir los libros que no trataran de su familia, y en el 213 a. C. Chi-Huang-Ti ordenó arrojar a los ríos los libros que existían dentro de los límites del imperio, exceptuando los de medicina y arqueología, o incluso, en el año 54 cristiano, San Pablo ordenó eliminar, en la mismísima Biblioteca de Éfeso, los libros que se referían a las religiones orientales y al paganismo; más tarde, en el 640 los árabes destruyeron los manuscritos persas, y finalmente, los mongoles, a lo largo de los siglos XI y XIII, destruyeron varios millones de ejemplares en las fabulosas mecas de El Cairo y de Bagdad. Siendo la historia bibliográfica así, el tiempo habría de mostrarle al infortunado Batur el lado oculto de los estantes de una Biblioteca. De una perdida como la suya se desprende, sin duda, el valor de ese estigma que desemboca, indiscutiblemente, en la soledad: la del bibliófilo, aislado en su incomunicación en el país de los libros hasta que, consciente, imitando esa identidad laberíntica, se descubre en la misma situación de Dédalo, rodeado, día tras día, de los estantes dispuestos en las paredes, hasta conseguir unas alas para huir, porque como afirma Batur, el laberinto de su biblioteca comienza en las paredes de su propia casa y desde allí se extiende por la corteza terrestre: una discutible objetividad que tan solo comprenderán todos aquellos que suscriban la subjetividad de esta afirmación.
       Una extraña densidad, una no menos pasmosa levedad justificarían un libro de apenas 90 páginas, con las que Montaigne, Praz, Borges, Warburg y, en la actualidad el propio Alberto Manguel, prologuista y Doppelgänger del propio Batur, asocian esa posibilidad única de ser dueños de una fabulosa experiencia y referencia de muchas lecturas y libros que el bonaerense comparte con el narrador turco, mostrándose borgeanos en la media que se reconocen deudores de sentirse enfermos de atesorar libros y más libros, estanterías y bibliotecas, tinta y papel con esa fruición engolada para contar, en ambos casos, esa autobiografía posible. Existe en Las bibliotecas de Dédalo una estructura, paralela, calculada en la medida exacta de los capítulos: veintidós que, aunque de una asombrosa brevedad, logran, en un premeditado espacio, el clima adecuado en el lector para que siga leyendo con fruición, porque todo el volumen, con esa megalomanía bibliográfica, representa nunca mejor el conjunto: la auténtica casa de los libros.







Enis Batur, Las bibliotecas de Dédalo; Madrid, Errata naturae, editores, 2009.

domingo, 19 de febrero de 2017

Desayuno con diamantes, 99



HUMILLADOS Y OFENDIDOS

      
    Cuando el gran Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, el ruso ideológicamente quizá más unidimensional de su tiempo, nace en Moscú el 30 de noviembre de 1821, el pensamiento y la literatura europeas se encuentran marcados por la influencia de un romanticismo tardío, calificado posteriormente como un teísmo antropológico, una divinización de la voluntad hegeliana, soporte de una actitud nihilista centroeuropea que presuponía el abandono del humanismo tradicional como corriente única iniciada en el Renacimiento, disuelta durante la Revolución Francesa, que produce el hundimiento de la sociedad tradicional, y tras las invasiones napoleónicas en algunos de los países europeos más importantes. Será entonces cuando el hombre se convierte en un misterio, en un enigma para desvelar, y cuando el joven Dostoyevski se cree llamado a escribir porque siente que tiene algo que comunicar al mundo: así lo expresa en sus primeras obras, en Pobres gentes (1846), su celebrada novela social, esa extrema denuncia de la vida en el penal de castigo, y por extensión en la Rusia de la época de sus Apuntes de la Casa Muerta (1861), o en la crónica de Los demonios (1871), su tentativa más brillante para denigrar los movimientos revolucionarios de los setenta, hasta ese monumento a la especie humana, Los hermanos Karamázov (1880). Todos argumentos ideológicos, religiosos y morales que constituyen, según el editor Ricardo San Vicente, el meollo de su creación. La vida de Dostoyevski se convertirá en una interminable pregunta sin respuestas y es así como su existencia pasa por cada una de las etapas del nihilismo moderno: la destrucción de la sociedad, la salvación por el terrorismo, la muerte absoluta y el rescate por la locura, es decir, por la religión, experiencias que cubren cuarenta años de la vida del escritor, desarrolladas en lo mejor de su literatura.
       Dostoyevski es el heredero de esa voluntad de narrar la realidad. Con su arte se permite construir cuanto se nos niega en el curso de la vida: la capacidad de edificar un espacio y un tiempo narrativo complejo que crece paralelamente a los personajes y a la voz, fundida con la del narrador, y adquiere las dimensiones que autor, narrador y resto de personajes quieran otorgarle. Dos acontecimientos configuraron parte de esta actitud en el ruso, la muerte del padre, asesinado por sus propios siervos el 8 de junio de 1839, y aunque el joven escritor no sintiera un excesivo afecto por él, sí le llevó a ensayar el parricidio intelectual, tema que tanto le preocuparía, porque se pasó toda su vida analizando las causas de esta terrible muerte que desembocó, con toda seguridad, en Los hermanos Karamázov; el segundo, pese a su actitud no beligerante, y aunque jamás fuera un revolucionario, ni pudiera serlo en realidad, como hombre de grandes sentimientos mostró su indignación al ver que se cometían actos contra los humillados y ofendidos, hecho que, tras los acontecimientos de la Francia revolucionaria de 1848, provocó su arresto, el 16 de noviembre de 1849, y su condena a muerte siendo alférez de ingenieros, y le llevaría a una experiencia posterior de cuatro años de trabajos forzados y a seis de servicio militar en Siberia, donde conoció en estado puro la dialéctica del bien y del mal. 

 
       Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores inicia, bajo la dirección de Ricardo San Vicente, el proyecto de sus Obras Completas. Los ocho volúmenes recogerán la producción de sus dos grandes períodos, aunque, por su importancia y trascendencia, incluye, en un volumen, Los hermanos Karamázov, y en otro, el Diario de un escritor, serie de artículos publicados por el autor entre 1873 y 1881, en la revista El Ciudadano, muestra de su innegable grandeza y profundidad psicológica respecto a la vida y a la creación literaria. Las traducciones elegidas para la ocasión y el ensayo previo son el resultado del equipo dirigido por Augusto Vidal, que durante la década de los sesenta vivió sumergido en la obra dostoyevskiana, trabajó en traducciones propias, e incluyó del resto del grupo, cuyo trabajo sigue siendo válido y se reproducen aquí: Juan Luis Abollado,Victoriano Imbert, Lidia Kúper y José Laín.
       Se inicia la edición crítica con Novelas y relatos (1846-1849) y las trece obras que figuran en el primer volumen configuran el primer ciclo de su producción: lo forman relatos y novelas cortas escritas y publicadas por Dostoyevski antes de su detención y condena: Pobres gentes, El doble, Novelas en nueve cartas, El señor Projarchin, La patrona, Polzunkov, Corazón débil, La mujer de otro y el marido bajo la cama, El ladrón honrado, Un árbol de navidad y una boda, Noches blancas, Nétochka Nezvánova, y se incluye El pequeño héroe, escrito en la cárcel y publicado en 1857. El lector descubrirá con Pobres gentes, la gran revelación del escritor, cómo los humildes y los desheredados tienen un alma sensible, son capaces de amar, y se rebelan contra los poderosos, o su primera novela sobre niños, Nétochka Nezvánova, muy dickensiana, y, en particular, El ladrón honrado, Un árbol de Navidad y una boda o Noches blancas, esa auténtica galería de «pobres gentes» petersburguesas. Humillados y ofendidos sus personajes acusan el ambiente de la ciudad moderna y la encarnación de los grandes contrastes de su época, sobre todo cuando el escritor ofrece la hiriente miseria y riqueza de sus vecindarios. 

F.M. Dostoyevski, Novelas y relatos (1846-1849). Obras Completas; vol. I. Edición de Ricardo San Vicente; Barcelona, Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2009; 1191 págs.

sábado, 18 de febrero de 2017

viernes, 17 de febrero de 2017

Ana María Matute



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PRIMERA MADUREZ

        Quienes hablan de una devaluación de la literatura o de lo literario en una sociedad cibernética como la presente, donde las teorías de la información, como ciencia interdisciplinar, importan y se proyectan mucho más que cualquier otro medio, deberían sumergirse en la lectura de una obra tan llena de emociones, y tan repleta de vivencias y de peculiaridades, como Paraíso inhabitado (2008), la novela que, tras ocho años de silencio, nos ha devuelto a una Ana María Matute (Barcelona, 1925) pletórica, porque, entre otros muchos aciertos, la narradora se reafirma en algunas claves de su obra anterior: una intensa inspiración en la experiencia y los recuerdos de la niñez, o el no menos trágico choque de un alucinante torbellino existencial que llevará a Adri, la protagonista, de una adolescencia de paraísos imaginados a una primera madurez, sin esa capacidad de ensoñación que fuera su alma apasionada y sensitiva.
        El proceso a que nos invita Ana María Matute es a esa disposición suya para construir desde su visión de niña, frente a una realidad hostil, una existencia propia, mezclando  el mundo de la verdad y el de la fantasía, aunque como es habitual en la barcelonesa, en su doble mirada confluye un enjuiciamiento del mundo de los adultos, de los Gigantes, y los continuos descubrimientos del ámbito infantil, como realidades tangentes pero separadas por el paso del tiempo. Precisamente, el relato acaba cuando la niña protagonista pasa a formar parte de ese otro mundo y su maduración, tan dolorosa como frustrante, le implica descubrir ese «paraíso inhabitado» desde una última posibilidad: la hipotética visión mágica que le otorga una ventana, desde la soledad misma de su habitación. 


        Adri ha ido construyendo a lo largo de su historia, un refugio secreto e ilusorio, una isla imaginaria, solo suya, un paraíso mágico e irreal hecho de recuerdos, pero también de ensueños e ilusiones desde donde escapar de la implacable dureza de la vida real y del miedo que le produce el ambiente asfixiante de su alrededor. Una vez más, la narradora proyecta algunos episodios de una experiencia autobiográfica, sobre la que novela reminiscencias personales que aparecen de forma persistente y reiterada en algunas de sus heroínas: Soledad, Sol o Matia, forman parte de ese gran retablo femenino que recordamos de sus entregas anteriores, En esta tierra (1953), o Primera memoria (1959), trágicas vivencias de una niñez o de una adolescencia, que provocan en sus protagonistas una precoz rebeldía como le ocurre a Adri con respecto a las monjas intransigentes, en su colegio de Saint Maur, y así sobrevive a las circunstancias personales y familiares que la rodean o el decisivo momento histórico en que vive. En realidad, un personaje como esta niña se siente prisionera de la impotencia que le produce su condición de indefensa, incapaz de obrar por sí misma, sometida a la voluntad de una madre, dura de corazón, que no la comprende y a quien desobedece una y otra vez. Protegida por Tata María o Isabel, las criadas cómplices de la casa, callarán sus transgresiones, su primer chupito, sus escondites o sus juegos secretos con el amigo ruso Gavrila, aunque siempre se sentirá  obligada a someterse a la voluntad de los demás, sin posibilidad de escapar de esa existencia absurda con que perpetuar su actitud, el caprichoso espacio de los juegos infantiles.
        Una vez más, Ana María Matute, apuesta por el mundo arbitrario, tal vez absurdo de la edad infantil, esa época irresponsable e indefensa, inocente y cruel, como si la vida, nuestra  existencia, solo fuese una monótona repetición de cuanto vivimos en ese tiempo o, tal vez, una prolongación de esa inmensa culpa. Pero el melodramatismo infundido por la narradora se suaviza con algunos elementos que forman parte de la verdad de nuestras vidas y solo la sinceridad con que la narradora cuenta sus emociones sostiene la anécdota de la conducta de la niña y, por extensión, de ella misma.








Ana María Matute; Paraíso inhabitado; Barcelona, Destino, 2008; 396 págs.