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sábado, 3 de diciembre de 2016

Caricaturas




 
Adiós a…   

Francisco Morales Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 29 de diciembre de 1924-Madrid, 10 de noviembre de 2016), fue un dramaturgo, escenógrafo, director de escena, narrador, ensayista y dibujante español.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Curiosidades



Premio Cervantes

Todos los galardonados

  • 2016 - Eduardo Mendoza
  • 2015 - Fernando del Paso
  • 2014 - Juan Goytisolo
  • 2013 - Elena Poniatowska
  • 2012 - José Manuel Caballero Bonald
  • 2011 - Nicanor Parra
  • 2010 - Ana María Matute
  • 2009 - José Emilio Pacheco
  • 2008 - Juan Marsé
  • 2007 - Juan Gelman
  • 2006 - Antonio Gamoneda
  • 2005 - Sergio Pitol
  • 2004 - Rafael Sánchez Ferlosio
  • 2003 - Gonzalo Rojas
  • 2002 - José Jiménez Lozano
  • 2001 - Álvaro Mutis
  • 2000 - Francisco Umbral
  • 1999 - Jorge Edwards
  • 1998 - José Hierro
  • 1997 - Guillermo Cabrera Infante
  • 1996 - José García Nieto
  • 1995 - Camilo José Cela
  • 1994 - Mario Vargas Llosa
  • 1993 - Miguel Delibes
  • 1992 - Dulce María Loynaz
  • 1991 - Francisco Ayala
  • 1990 - Adolfo Bioy Casares
  • 1989 - Augusto Roa Bastos
  • 1988 - María Zambrano
  • 1987 - Carlos Fuentes
  • 1986 - Antonio Buero Vallejo
  • 1985 - Gonzalo Torrente Ballester
  • 1984 - Ernesto Sábato
  • 1983 - Rafael Alberti
  • 1982 - Luis Rosales
  • 1981 - Octavio Paz
  • 1980 - Juan Carlos Onetti
  • 1979 - Jorge Luis Borges
  • 1979 - Gerardo Diego
  • 1978 - Dámaso Alonso
  • 1977 - Alejo Carpentier
  • 1976 - Jorge Guillén

jueves, 1 de diciembre de 2016

Caricaturas



Eduardo Mendoza gana el Premio Cervantes 2016

caricatura de Zaca.

Mendoza (Barcelona, 1943) inició su carrera literaria en 1975, con la publicación de La verdad sobre el caso Savolta, que recibió el Premio de la Crítica. Desde entonces ha publicado 15 novelas, dos libros de relatos, dos obras de teatro y cuatro ensayos. El jurado, según recoge el acta, le ha otorgado el premio “porque, con la publicación en 1975 de La verdad sobre el caso Savolta, inaugura una nueva etapa de la narrativa española en la que se devolvió al lector el goce por el relato y el interés por la historia que se cuenta, que ha mantenido a lo largo de su brillante carrera como novelista". Eduardo Mendoza, continúa el comunicado, "en la estela de la mejor tradición cervantina, posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía, algo que el gran público y la crítica siempre supieron reconocer, además de su extraordinaria proyección internacional.”.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

J.M. Castellet



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J.M. Castellet

LA OBJETIVIDAD DEL ESCRITOR


              
       Este es un libro escrito hace más de cuarenta y cinco años y cuyo propósito inicial sirve aún hoy de pretexto para estar en los escaparates de las librerías, esto es, la lectura y el lector y su compromiso en una época convulsa como la de los años 50, un hecho que bien podría traducirse para el final del milenio y en el comienzo del presente. Es decir, ese repetido conflicto generacional, con evidentes resortes ideológicos motivado por unas condiciones ambientales y una voluntad de resistencia que caracteriza a los lectores de todas las edades y de todas las épocas. La hora del lector (2001), en edición definitiva, crítica y anotada por Laureano Bonet, aparece ahora en las librerías despertando el mismo interés de hace medio siglo. En realidad, las premisas en torno a la relación que se establece entre autor/lector siguen vigentes porque la visión que mantiene el autor aún hoy día es la del compromiso, un compromiso literario y un compromiso social y, esto trasciende, además, al lector como esa cadena de sucesión que empieza en la misma gestación del libro. La literatura exige una dedicación, una pasión, una tensión que no escapa a la sensibilidad del lector, es más, éste participa de ella y por consiguiente debe mostrarse dispuesto a colaborar en la empresa de servir de interlocutor y aún más de co-autor.
       Castellet habla de «literatura de la producción»y de «literatura del consumo»para demostrar de qué manera los intelectuales en España se habían acercado a los lectores tras el desastre de la guerra civil, el exilio después del 39 y sobre todo la difícil postguerra, aunque sobre todo ejerce esa labor de análisis de toda una época y se centra, esencialmente, en el concepto de novela, no sólo en España sino también en el resto de Europa. Difiere el crítico y estudioso catalán con los teóricos franceses de la nouvelle école, sobre todo de Sarraute y Robbe-Grillet, quienes también habían teorizado en La edad de la sospecha (1956) y Por una nueva novela (1963), respectivamente. Mientras el español aboga por una narrativa acusadamente comprometida, los franceses tienden a la evasión alejándose de los presupuestos humanísticos, la realidad española frente a la irrealidad francesa. Postula, como ya afirmó en su momento, Sanz Villanueva, una objetividad que se construye como un método técnico en el que se vieran implicados, efectivamente, narrador y lector, y la conveniencia de que ambos vieran su perspectiva desde diversos ángulos, con la implicación que esto presupone.
       El amplio estudio de Laureano Bonet a esta edición definitiva, no hace sino, apostillar e insistir aún más en esa libertad esgrimida por Castellet acerca de la libertad compartida entre el narrador y su público, esa tesis que sostiene que a partir de cada lectura se reinventa el mundo latente en cada ficción y por consiguiente se aleja de los presupuestos sociales, como el realismo que campeaba por la narrativa española de la época. La presente edición se basa en la primera de 1957, aunque añade algún cambio textual y suprime algunas variantes de ediciones anteriores, sobre todo la italiana de 1962 y la catalana de 1987, para quedar un texto definitivo que incorpora un amplio aparato crítico del editor del volumen.






LA HORA DEL LECTOR
J.M. Castellet
Edición crítica de Laureano Bonet
Barcelona, Península, 2001, 246 págs.

martes, 29 de noviembre de 2016

Nicholas Shakespeare



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EL ÚLTIMO NÓMADA DEL SIGLO XX


       La reciente biografía de Bruce Chatwin (1940-1989), de Nicholas Shakespeare, es un libro que bien puede leerse como la apasionante novela de un artista que supo hacer de su vida el mejor relato de su producción. En esta biografía se dan citas personajes y voces que ponen de manifiesto la fascinación que hoy despierta el viajero Chatwin, considerado como el último nómada del siglo XX.  Tres rasgos vertebraron la vida de Bruce Chatwin hasta su muerte: su afán por el coleccionismo, el gusto por los largos paseos que siempre había realizado en compañía de su abuelo y su pasión por los libros, sobre todo los que hablaban de viajes y de tierras lejanas. Chatwin se ha convertido con el paso del tiempo y, sobre todo, desde su desaparición en 1989, en el referente del viajero vital, mochila al hombro, cuyos desplazamientos por medio mundo no suponían los trayectos físicos en su sentido estricto sino, el de la imaginación o el mental que después le llevaban a la literatura, una disciplina que no fue fundamental en su vida pero que le ha proporcionado toda la fama de la que hoy goza. Su ambigüedad sexual, su matrimonio no por excéntrico y supuesto, sus fantasías viajeras, su actitud ante la vida, su despecho de lo cotidiano, es lo que el biógrafo pone de manifiesto y en lo que redunda la voluminosa biografía en la que el escritor inglés—según propias declaraciones— ha empleado diez años de su vida.


                       Seis libros, en total, dio a la imprenta el viajero desde 1977 hasta 1989, todos referidos a sus experiencias vividas por medio mundo, el primero titulado En la Patagonia, en realidad, un libro que viene a ser el reflejo de esa historia humana que se funde con un paisaje particular, ese que el escritor pretende recobrar a partir de la teorías darwinianas para poder viajar a través del tiempo y del espacio, rescatando, al mismo tiempo, la intrahistoria unamoniana de esos seres humanos, estratificados, y poder dejar traslucir algunos de sus hechos más significativos, sobre todo de una tierra aún hoy despoblada y baldía. En ¿Qué hago yo aquí? se convierte en el sumario de cosas de quien no encontró, en esta vida, su sitio definitivo, ese hombre en marcha—según la definición de Enzensberger—, tanto en términos de espacio como de contexto social. Y en este sentido habrá que valorar y ver hoy la figura de un Chatwin mito, figura para la que ha quedado en la historia literaria, aunque nunca pensó en ser escritor, antes bien, se había ganado la vida trabajando en la casa de subastas Sotheby´s, como experto en antigüedades, no había conseguido terminar la licenciatura en arqueología, tampoco conseguía publicar sus libros, y antes había dejado la redacción del periódico The Times para aventurarse en proyectos de viaje que nunca convencieron a nadie, pero que a él le supusieron su entrada definitiva en un mundo de leyenda porque, en definitiva, con esa actitud acentuaba el sentido de personaje aventurero literario para un público lector que jamás había leído alguno de sus libros. El resto de sus libros, El Virrey de Quidah (1980), Colina Negra (1982), Los trazos de la canción (1988) y Utz (1988) hoy enfrentan a críticos de diversos países que ven en estos textos la originalidad de un género tan valorado en el siglo XIX, aunque le achacan la falta de reflexiones profundas sobre aquello de que hablan, datos y más datos, sin ninguna sensación aparente de análisis. La prosa, indiscutiblemente, de calidad, al menos los libros aquí enumerados, es excelente, como lo pone de manifiesto el biógrafo Shakespeare, sobre todo porque se percibe ese ejercicio de fascinación a que sometía el escritor todo lo que veía, capaz de asimilar una cultura múltiple, merced a su condición de amante de lo sublime, de lo hermoso, de lo imperecedero, agudo y sutil observador de una realidad que hoy ya no sería posible. Pero la aparición de la biografía Bruce Chatwin reaviva, una vez más, la polémica en tono a la autenticidad de este personaje que, en declaraciones del propio biógrafo, no fue, en absoluto, un favorito de los dioses. En realidad, la polémica en torno a la autenticidad de este personaje queda zanjada porque, según el propio Shakespeare, se enfrentaba a su biografía para iluminar su vida y su obra, para mostrar todo un proyecto de objetividad del escritor nacido en Sheffield, fallecido en Niza y enterrado en uno de sus lugares favoritos, después de conocer medio mundo, al pie de un olivo, cerca de una capilla bizantina dedicada a San Nicolás, en Chora, una isla perdida de la mítica Grecia.







BRUCE CHATWIN. BIOGRAFÍA
Nicholas Shakespeare
Muchnik Editores, Barcelona, 2000

lunes, 28 de noviembre de 2016

Antonio Muñoz Molina



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Antonio Muñoz Molina

ÉXODO
              
       El éxodo o la huida a que se ven obligados los personajes de ficción y los personajes reales es el tema de la última obra de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), titulada, precisamente, Sefarad (2001). Toda una galería de mujeres y de hombres, seres excluidos durante buena parte de su vida, se convierten en víctimas de ese gran y estremecedor proyecto destructivo que fueron las persecuciones tanto ideológicas como políticas de la primera mitad del siglo XX, sobre todo los movimientos en torno al fascismo y al totalitarismo, movimientos surgidos tanto al amparo de las derechas como de las izquierdas, en una evidente proyección histórica de lo que supuso en Europa y, en particular, en nuestro país, la intolerancia, sobre todo la de los siglos XIV y XV con la expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos. Así lo proclama, en uno de los capítulos, el judío húngaro Isaac Salama al evocar el éxodo de su familia, expulsados de la antigua capital del reino, la bella Toledo, de cuya casa conservaban, generación tras generación, aún la llave de su puerta.
       Este nuevo libro de Muñoz Molina, cuyos límites estructurales alcanzan los de la novela, la memoria y el ensayo, trasciende estos conceptos en su cohesión, puesto que ante semejante relato se exigía un ensayo literario entre la realidad y la ficción. Sus capítulos se van sucediendo alternativamente, con esa medida suficiente como para ofrecer tanta heterogeneidad y, además, tan ejemplar y tan bien planteada que en ningún momento nos aleja de las situaciones narradas a lo largo del voluminoso libro. Sobresale, desde la primera página, el tono fraternal que el escritor ha vertido en su texto, la denuncia explicita de las atrocidades ensayadas por el hombre a lo largo del pasado siglo. Historia y Literatura se confunden, vida y horror se asocian para contar la memoria de Sefarad, la de los perseguidos de la Europa del horror. Sefarad es, también, la memoria protagonizada por muchas personas reales que han dejado su testimonio escrito y que Muñoz Molina cita al final de su libro. Los esposos Neuman, Eugenia Ginzsburg, Willi Münzeberg, Babette Gross, Milena Jesenska y, también, Kafka, Benjamin, Trostky, Michel del Castillo, Kostler, Levi, junto a una variada galería de personajes de ficción que complementan y testifican con sus relatos esa experiencia del horror, desde el pasado histórico al presente cotidiano con sus miserias como las que viven en algunas de las historias inventadas por el escritor: droga, marginación, nostalgia, miedo, angustia, inmigración, para retratar al zapatero Mateo, María del Gólgota, Adriana Seligman, niños de la guerra, militares de la División Azul, desertores del Este, viudas de guerra y huérfanos, un funcionario provinciano, aislado en el mundo de la literatura y el cine, todos creyéndose ser extranjeros, desterrados, fugitivos que viven bajo una apariencia de normalidad.
       Sefarad se convierte en una novela de novelas, en un total de diecisiete relatos concebidos como autónomos porque cuentan cada uno de ellos una historia diferenciada aunque interrelacionados por un discurso común, la epopeya de los perseguidos.







SEFARAD
Antonio Muñoz Molina
Madrid, Alfaguara, 2001

domingo, 27 de noviembre de 2016

Desayuno con diamantes, 89



LA BALLENA BLANCA


       Moby Dick es uno de esos libros que, ciento cincuenta años más tarde de su publicación original en 1851, sigue ofreciendo a los lectores esa aguda reflexión sobre el alma humana que otorgan las grandes obras y una visión épica sobre los sentimientos acerca de nuestro mundo y los elementos que lo componen. O quizá esa exploración espiritual que supuso la literatura norteamericana de mediados del siglo XIX con obras como Walden (1854), de H. D. Thoreau e incluso Hojas de hierba (1855) de Whitman y que, como éstas, preconiza un nuevo orden social y cultural entre las angustias que procura la vida y la muerte.
       Herman Melville (Nueva York, 1819-1891) tuvo una acomodada infancia de clase media en la ciudad donde nació aunque muy pronto las circunstancias familiares le llevaron a embarcarse como marinero rumbo a Liverpool en 1839 y posteriormente en un ballenero en el que recorrió el Pacífico, las Islas Marquesas, las Sandwich y las Society hasta regresar a Estados Unidos en 1844. El padre fue un conocido comerciante de sedas, sombreros y guantes, cuyo negocio quebró, inesperadamente, en 1830. Murió dos años más tarde y la familia se vio sumida en una relación de pleitos, hipotecas y peticiones de dinero que acabaron con el bienestar de la familia y su refugio en la marina. Su experiencia marinera por la Polinesia lo llevaron a plantear la historia de Ishmael, un personaje abandonado por su padre, despreciado por su madre y eclipsado por el éxito de un hermano mayor, semejanzas que, además, se engrandecieron por la visión que el joven marinero experimentó ante la vacía inmensidad del mar y sobre todo por la convivencia con una tripulación dibujada como los desheredados de la sociedad. El mundo espiritual de Melville se concreta en Bartleby, el escribiente (1856), la historia de un hombre que se niega tenazmente a la acción, Benito Cereno (1856), su texto más polémico e inexplicable que sólo se justifica porque se muestra como un ejemplo cabal de este mundo y Billy Budd (1856), que relata el conflicto entre la justicia y la ley. Estos textos proyectan a un hombre que fue propenso a la soledad y sus mejores amigos, y su propia familia, temieron, en alguna ocasión, que el famoso autor se encontrara al borde de la locura, y además de haber sido considerado un misántropo que favoreciera su propia aniquilación.


       La novela Moby Dick  pasó inadvertida cuando se publicó, incluso durante el resto de la vida de su autor. La crítica la descubrió hacia 1920 y hoy está considerada como una obra clásica. En realidad, la ballena blanca es uno de esos dragones o de esos monstruos marinos que encarnan las fuerzas de todo el caos que gobierna la creación y, su protagonista, el capitán Ahab, encarna a uno de esos héroes como Perseo o San Jorge, dispuesto a convertirse en el redentor de toda una profecía, pero además se transfigura en ese personaje incapaz de controlar sus reivindicaciones en la vida y considerar el silencio del mundo como un vacío materialista. Por medio de su obra, Melville, superó esa ausencia de literatura heroica en su país y fundió los modelos del viejo mundo con el nuevo; en realidad, el personaje de Ahab es un héroe de tragedia shakesperiana; el resto son arquetipos que representan el resto de accesorios trágicos. En el desafío de Moby Dick muestra el escritor norteamericano, de alguna manera, las enseñanzas recibidas en el mar sobre las ballenas y el arte de su caza, elevando a una categoría universal esa especulación caprichosa de premonitoria aniquilación. Quizá por este motivo, esta novela haya que leerla hoy como una protesta ética contra la creación en general y esa necesidad de que se reconozca una relación espiritual con el Creador. «He escrito un libro perverso—llegó a escribir el propio Melville a su gran amigo Hawthorne—y me siento inmaculado como el cordero». La edición de Debate se presenta con la nueva traducción de Enrique Pezzoni y las ilustraciones de Rockwell Kent el artista norteamericano capaz de sintetizar el realismo y el modernismo de la época melvilliana.

MOBY DICK
Herman Melville
Ilust. de Rocwell Kent
Madrid, Debate, 2001